Ana Miravalles escribió un texto hermoso en Parva sobre Peter Pan, y me hizo acordar de este de Leopoldo María Panero.UNAS PALABRAS PARA PETER PAN
Leopoldo María Panero, de Así se fundó Carnaby Street (1970)
Ana Miravalles escribió un texto hermoso en Parva sobre Peter Pan, y me hizo acordar de este de Leopoldo María Panero.Marcelo Bustos, marinero... from Ferrowhite on Vimeo.
Así que no vamos a andar con lágrimas ante su muerte. Mejor un poema de Nicanor Parra, a modo de despedida:El otro día, un domingo, estaba en casa de unos queridos amigos. Pasaban un documental de Río Turbio actual. Porque se supuso, cuando en los años 50 se descubrieron los yacimientos, que eso iba a ser una palanca de riqueza económica para el país. Pero después se abandonó el proyecto, se lo saboteó, hasta llegar al presente. Mi amigo se empezó a reír. “Mire, Lamborghini, ja, ja, ja…” ¿Y qué se estaba mostrando ahí? Un puñado de obreros trabajando en un túnel, abandonados de la mano del gobierno a los que de tanto en tanto se les alcanzaba un pedazo de pan. Obreros, los que quedan, que ganan cien pesos al mes, y que mueren a razón de dos por año por enfermedad o accidente. Esa parte del documental se titulaba “La noche eterna” porque en Río Turbio se vive a la luz de las velas. “Mire, Lamborghini, ja, ja, ja…” Menem en campaña, para recoger votos, prometiéndoles que todo eso se iba a recuperar. Y los obreros creyéndole. Y votándolo. “Ja, ja.” La esposa de mi amigo le soltó entonces: “Che, ¿de qué te reís?”. Y yo me escuché explicándole: “Mirá, es una risa que sangra, él sangra por esa risa, esa risa es una herida”. Y de eso se trataba. En vez de lágrima era distorsión: “tanto dolor que hace reír”, dice Discépolo.
Leónidas Lamborghini, entrevista de Daniel García Helder, en Diario de Poesía, nº 38, Buenos Aires, invierno de 1996.
Se viene el Festival Latinoamericano de Poesía que organiza Cristian de Nápoli, SALIDA AL MAR, 6 y 7 de noviembre, y hacia allá vamos. En su sexta edición Buenos Aires / Morón 2009 habrá lecturas, música y feria de publicaciones, con entrada libre y gratuita. Con invitados de Bolivia, Brasil, Chile, Perú, Uruguay y distintos puntos del país, uno de cuyos puntos vengo a ser yo, que leo el sábado 7, en Haedo, en la Antigua Imprenta del Ferrocarril (¿dónde sinó?). Acá el programa completo.SEXTA EDICIÓN (2009) BUENOS AIRES | MORÓN
LECTURAS | MÚSICA | FERIA DE PUBLICACIONES
Entrada libre y gratuita
Invitados de Bolivia, Brasil, Chile, Perú, Uruguay
y distintos puntos del país
6 de noviembre desde las 18 hs
BIBLIOTECA NACIONAL
(AUDITORIO BORGES)
Agüero 2502 (Buenos Aires)
Acabo de terminar la lectura de Hombres amables, libro que reúne dos novelas de Marcelo Cohen, Variedades y Un hombre amable, publicado por Norma en 1998. Suerte de ciencia ficción filosófica, con historias que transcurren en una Argentina levemente desplazada, dividida en zonas pobres y zonas de planificación de la vida (la gran industria es la planificación del ocio), escrita con un humor muy fino, con profusión de neologismos, y personajes que nunca saben muy bien dónde están ni qué son, bailan gurubel y emprenden caminos de crecimiento espiritual entre corporaciones y kioscos berretas que venden borlangos (especie de buñuelos místicos), más la presencia secundaria pero determinante de Georges LaMente, maestro, guía, mentalista, empleado en definitiva de las corporaciones que administran la vida entera, un gordo emponchado con poderes mentales que siempre tiene frases célebres en la punta de la lengua, por momentos Zarathustra, por momentos Narosky. Les dejo un fragmento de Un hombre amable, y la recomendación de conseguirse algún libro de Cohen:
La zona canta.
Abierta al sudario de la noche, lejos de la discordia propulsora del crecimiento económico, de las leyes nutricias, la zona lanza a la oscuridad tarareos absortos de novia que se peina. O de novio. Tiene varias voces.
Cada voz lleva a la cumbre del zigurat una frase musical diferente.Justín ha abierto las puertas del Peugeot y la furgoneta, y el tubo que los une, cuando una ráfaga lo llena, brama como una enorme garganta. Es música grave, y de tanto en tanto la desbarata un berrido de armónica. Un rru-uoooouuu y un briiich. Un uoouuu y nada.
La garganta se calla. En el silencio chilla un murciélago. Desde otro punto, un lugar entre las viviendas sociales, llegan opacas tiradas de drama televisivo, desconocemos qué piensa hacer Gallagher con las acciones de la empresa, junto con, más alto, una queja verdadera dirigida a alguien que no contesta: me lo vas a decir o no, quiero que me lo digas, quiero que. Se apaga.
Después el arroyo, su apacible chapoteo. De pronto el responso de un grillo en el baldío, oculto entre arbustos que susurran como velámenes, insistiendo, hasta que los sustituye una borrasca: la voz de Manisito Vango desgranando un gurubel, acompañado por su instrumentista, guiando el clamor de las parejas en la pista del Salpicca.
También se desvanece. Resuena un poco al cabo de un rato, sólo para morir más, y entonces sobrevienen bufidos y traqueteos, estrépitos de plástico y vidrio en el supermercado Kum Chee Wa. Periódicamente maulla un gato. Parece que ha terminado la serie, porque hay una larga calma.
Pero enseguida renace el gurubel, maúlla el gato, truenan carcajadas en el baile, lame cemento el agua del arroyo, y Dainez se da cuenta de que está en el centro de una música aleatoria cuyo discreto director es un viento arremolinado. No es que el viento elija el orden de los instrumentos, porque no tiene voluntad; pero en la entrega a sus veleidades administra los segmentos de sonido y entre un descanso y otro ofrece una serie completa.
Rayan el aire los crótalos del grillo, que ese maldito bastardo ha dilapidado la herencia de Candy. Aterrizan cajas en un camión. Rumor de cordajes en las matas. Uuuoooou y briiic en los dominios de Justín. me lo tenes que decir, con todo lo que pasó entre nosotros. Gurubel. Gato. Grillo.
Gurubel. Ruoooouuu. me lo digas por favor favor quiero que. Chapoteo. Briiich. Maullido. Plástico, vidrio y chapa. Gurubel. Aplausos, risotada general en el bailongo. Publicidad en la tele: ¿cuándo va a darse ese gusto? Grillo. Gato. Chillido de murciélago. Los segmentos cambian de orden, se permutan, se traspolan, se desplazan, nunca se confunden. No hay dos series iguales, y, aunque la dirección del viento parezca fortuita, en el rocío que moja los objetos del zigurat, y moja a Dainez, el conjunto reverbera con la parsimoniosa autoridad de un mantra. Tele. Garganta eólica. Maullido. Rumor. Chillido. Clamor. Siseo. Ruego de voz humana real. Chapoteo. Ejecutando la música que ha compuesto, la zona afianza la trivial autonomía de los vencidos.
Comienza hoy, en la librería Eterna Cadencia , Honduras 5582, una serie de encuentros de poesía organizados por Patricio Zunini, junto a Victoria Scholnik y Marcelo Carnero. Mañana jueves, leo a las 19:00 hs. Quedan todos formalmente invitados.
Un poema del fundador y profeta del Nadaísmo colombiano, Gonzalo Arango (1931 - 1976), encarcelado en 1959 tras la performance nadaísta en el Congreso de Escritores Católicos, vuelto estampilla en 2008, para celebrar oficialmente los 50 años del movimiento.
Hará unos veinte años, tal vez más, la profecía científica decía que con el deshielo de los casquetes polares y la consecuente subida del nivel del mar Bahía Blanca pasaría a estar bajo las aguas, como la Atlántida. Digno final, cinematográfico, para una ciudad que a fines del siglo XIX imaginaba convertirse en la Nueva York de Sudamérica. Ahora, mientras esperamos la inundación que nos otorgue la "Gloria Mundial" que nos vaticinó el Himno de la ciudad, parece que vamos a morir de sed, o algo por el estilo. En vez de la pompa delirante del himno, lo que escucho es un locutor pidiendo que cuidemos el agua, cosa que sin duda haría, si tuviera, porque desde hace unos meses en mi casa y en muchas casas vecinas sólo hay agua a la mañana, hasta el mediodía. Vamos camino a otra postal cinematográfica, pero ya no hollywoodense, sino de cine clase B: "La ciudad de los zombies sedientos", o algo así. El reverso, en todo caso, de ese discurso del progreso que inundaba de promesas los periódicos decimonónicos, y que puso un pie en el siglo XX vociferando riqueza, abundancia, destino de grandeza, esas cosas. Cosas que de algún modo sedimentaron en nuestras palabras, en nuestras imágenes de una ciudad ideal, sin conflictos, segura de sí misma, sin contradicciones: fantásmas semióticos, como dice el cuento de William Gibson, El contínuo de Gernsback: