miércoles, 2 de marzo de 2011

ENTRERRIANO


Organizado por la plataforma de acción cultural Estación Rosario y Proyecto Vox (y el auspicio de la Cooperativa Obrera) el sábado 5 de marzo, 19:30 hs, se viene Poetas de Estación, verano litoraleño, en Estación Rosario, Brown y Estados Unidos, ex terminal de colectivos de Bahía Blanca, con Diego Vdovichenko, Gonzalo Ledesma y Damián Ríos, de quien presentamos este fragmento de Entrerrianos:


Claudia, la primera de la que me enamoré.
Íbamos a primer grado de la escuela Bessi, la 76. Le
decían la escuela Bessi porque durante un tiempo,
un tiempo que a la gente del barrio le pareció
mucho, las hermanas Bessi habían sido las únicas
maestras. La abuela Felipa y el Tío Ignacio, el mayor,
todavía le decían la escuela “de” Bessi pero ya mi
Papá le decía solamente Bessi. La última vez que
anduve por allá le pregunté a una de las hijas del
Marcos a qué escuela iba; a la 93, me contestó.
Lo de las hermanas habrá sido antes del primer
gobierno de Perón, porque después la escuela resultó
demasiado grande para que la pudieran atender nada
más dos maestras. Mamá me llevaba hasta la puerta,
al principio; por el bulevar, íbamos, hasta que
empecé a ir solo y entonces cortaba por el bajo,
cruzaba la zanja pisando unas piedras que todo el
tiempo estábamos corriendo de lugar y de ahí me
quedaban solamente dos cuadras.
Entrábamos a la una de la tarde, así que ir a la
escuela me daba pereza, me abombaba. Un día
festivo, un 26 de abril, ponele, un día en que se
conmemoraba una fecha importante para todos los
entrerrianos, iba a haber un acto en el patio de
adentro. Nosotros pasábamos los recreos en el patio
de los chicos, que daba al este, lo que quiere decir que
a la tarde el patio entero era pura sombra. Estaban los
toboganes, los subibaja, el arenero y yo pasé va r i a s
tardes buscando que Claudia jugara conmigo. Muy
pocas veces lo conseguí. Contra el edificio de la
escuela había unos bancos de madera, largos y
pintados de todos colores. Así que los días de actos, lo
que hacíamos era entrar esos bancos entre todos los
chicos, en parejas. Claudia tenía el pelo lacio, negro y
largo; vivía para el lado del club Sarmiento, a unas
cuatro cuadras de casa, del otro lado del bulevar. Eran
varias hermanas y ella era no sólo la más linda,
también la menor. Cuando estábamos en segundo, el
Marcelo López, que con el tiempo fue muy amigo
mío y ahora se hizo milico de la provincia, me dijo
que Claudia había sido novia de él. Mentira. Y si es
ve rdad, seguro que jamás lo miró de la manera en que
me miró a mí la tarde aquella del 26 de abril, cuando
le dije que si quería la ayudaba a llevar el banco largo
y después nos sentábamos juntos en el acto. No me
dijo nada, sólo se agachó un poco y agarró el banco
de una de las puntas.
Después a ella la cambiaron al turno mañana y
a mí me cambiaron de escuela. En el 90 habrá sido
que me reencontré con Claudia. Estaba casada con un
compañero de trabajo de mi mejor amigo, tenía dos o
tres hijos. Incluso en una ciudad chica, dos pueden
pasarse años sin verse, incluso pueden no verse más y
hasta puede decirse que sólo por casualidad sus vidas
se cruzaron alguna vez. Yo caí por su casa buscando a
mi amigo y al golpear las manos en la vereda, después
de que salieron los gurisitos, mientras no se cansaban
de torearme dos o tres perros desde el fondo, salió
ella, secándose el pelo con un peine grande. Se paró
en el porche de la prefabricada, levantó la mano
izquierda para proteger sus ojos del sol y me preguntó
qué quería. Le dije y me contestó que mi amigo había
estado ahí hasta un rato antes y que después se había
ido con su marido. Tenía puesto un pulóver rojo y un
vaquero azul. Con la mano izquierda se seguía
protegiendo del sol, era más o menos la misma hora
en que catorce años atrás habíamos jugado en el patio
de la sombra; la derecha sujetaba el pelo negro y
húmedo y el peine, que era uno de esos marrones con
manchas oscuras. Me preguntó si le quería dejar algo
dicho y le dije que no era nada. Me subí a la bicicleta
y muchas gracias. De nada, dijo ella, Damián.




Damián Ríos nació en Concepción del Uruguay, Entre Ríos, en 1969. Desde 1991 reside y trabaja en la ciudad de Buenos Aires. En 2002 co-fundó el sello Interzona editora, que lo tuvo como director editorial hasta mediados de 2006. Sus poemas han sido recogidos en publicaciones como Poesía.com, Diario de Poesía y Los amigos de lo ajeno. Sus primeros libros fueron publicados en Ediciones Deldiego: La pasión del novelista, De costado, Habrá que poner la luz (novelita). Belleza y felicidad publicó Poemas perros. El sello Vox recogió poemas de todos sus libros y fragmentos de sus relatos y los editó en bajo el título de El perro del poema. Sus poemas han sido recogidos en las antologías Hotel Quequén (Sigamos enamoradas) y Polvo (Voy a salir...). En 2007 la editorial alemana Parasitenpresse antologó algunos de sus poemas y los publicó bajo el título de Überall das gleiche Licht. En 2010 Mansalva publicó Entrerrianos. Dirige junto a Mariano Blatt la editorial Ríos & Blatt.