miércoles, 25 de noviembre de 2009

QUE LLUEVA, QUE LLUEVA


Ayer, que llovió todo el día después de meses, llegó un mail de Diego en el que me conmina a subir un poema sobre la lluvia. Incluso me lo envió.
Como la lluvia se ha vuelto un suceso extraordinario en esta ciudad-desierto, semejante a ver un ovni o una aparición, leímos hace un tiempo en el taller una serie de “poemas de lluvia”.
Ayer en la radio también el tema fue la lluvia: que si con eso el nivel del dique tal vez suba un poco y nos salvemos de morir de sed este verano; que ahora se sabe (pero no se dice mucho) que los contratos que firmó ABSA, la proveedora de agua a la ciudad, le dan prioridad al abastecimiento de agua al polo petroquímico, y después si queda, a la ciudad; que los productores agropecuarios saltaban de alegría en el barro, y desde algunos barrios llamaban para decir que se estaba inundando. Traigo entonces a Jello Biafra, la voz crispada de Dead Kennedys, cuando dice: hasta la lluvia es política, y subo dos poemas, uno, brumoso, de Enrique Molina, y otro, bullanguero, de Arnaldo Calveyra.
Y en unos días el poema que me envió Diego, antes de que pase a la fase de “amenazas de muerte”.

La lluvia a solas

Nuevamente la lluvia me interroga en las praderas del sueño.
Hay un vínculo secreto entre ella y yo

- una relación incestuosa, inextinguible -

un destello de infancia blanco como una cicatriz,


ciertos rostros que alguna vez aparecieron con rostros indelebles

o que acaso conocí en otra vida,
y siempre volverá a insistir en los pálidos litorales del hombre
como un sermón de despedidas que lentamente se desvanece.
Extraña mediadora entre las lágrimas y la lejanía,
en cualquier hoja descubre el rocío de sus ojos,
el olor a violetas que la anuncia, a plumas mojadas,
una difunta inmóvil que sonríe a la niebla,
loca por quienes la amaron, por quienes la perdieron.

Nuevamente va a conducirte
hasta las barcas de velas bárbaras en sus remolinos,
hasta el puesto de verduras, hasta la cresta de los tejados,
hasta su catedral transparente

llena de milagros melancólicos donde te aventuras para adorarla.

Ahora crepita en la tierra y reclama lo que hay de extraviado en ti,
de insaciable,
pasa con un vapor de llanto donde vuelan patos muy negros.

Enrique Molina de El ala de la gaviota (1989)

La lluvia de sobre techo y la lluvia de bajo techo cantan cantarán.
¡Ay, la gallina ya se entró cloqueando con las grandes alas de paraguas y este pío pío pasará pasará y el último quedará!

La cocina enloquecida como el arca, y nosotros y toda la lluvia tropezando con el Lobo echado extraordinariamente ante la puerta.

Se redondeaban las gotas en una torta frita, en dos, en fuente de amor de tortas fritas.

Saca tu cuaderno, saca tu pizarra, saca tu libro, saca la mano de aquí.
¡Que llueva, que llueva!
¡Se quemó la batata en el horno!

Arnaldo Calveyra, de Cartas para que la alegría (1959)

5 comentarios:

Ines dijo...

Gustó mucho!!! Cuando se puede volver al taller? Se extraña

Marcelo Díaz dijo...

Estamos casi en diciembre, vamos a hacer un último encuentro, seguro, te aviso.

Anónimo dijo...

Si hacemos el encuentro lleva la máscara de luchador... Buenísimo que subas esos textos...
Abrazo grande.

Diego.

PD: El lunes es el último programa de las chicharras... (te aviso, en tono amenazante claro está)

Mariana dijo...

acá está lloviendo casi todos los días... en bahía ya me había olvidado de la lluvia.

respecto a lo que dice inés
propongo talleres de verano para colgados y exiliados :)

Marcelo Díaz dijo...

en verano es muuuuuuy difícil, a no ser que encontremos la manera de hacer un taller en una pelopincho sin que se mojen los papeles!