lunes, 22 de diciembre de 2008

LAS ANFIBIAS

Adriana Hidalgo acaba de editar Las anfibias, de Flavia Costa (escritora, periodista, investigadora, traductora de Agamben , entre mil cosas más). Como tuvimos la suerte de leer algunos fragmentos por adelantado, y la inminencia de la Navidad nos pone buenos en extremo, compartimos:

Las anfibias

1

No siempre hubo gárgolas en Beliston. Las gárgolas llegaron una noche de invierno en racimos, en bandadas, en un orden que sólo ellas conocían. Estaban abatidas: habían volado miles y miles de kilómetros como perseguidas por el viento hasta que de pronto las gárgolas mayores, las más experimentadas, decidieron bajar en una playa remota al pie de un bosque ralo y lindero de un desierto que, como todo desierto, parecía un estertor del infinito. Así como iban aterrizando se desplomaban exhaustas sobre la arena y quien las hubiera visto allí, despatarradas y confusas, habría podido creer que se trataba de oscuras manchas de sal.

Contra lo que suele suponerse, nada atrae más a las gárgolas que lo distante, la esponjosa hostilidad de un mundo que no logran comprender y que las ignora por completo. Cuando avistaron Beliston, cuando percibieron su trazado impecable, su aura luminiscente, se juraron permanecer en ella o alrededor de ella para siempre. Se juraron poseerla, adorarla, protegerla, acosarla hasta su disolución.

Cuentan los habitantes más antiguos de la ciudad que cuando las gárgolas desembarcaron en Beliston no existían todavía las mujeres anfibias. Las anfibias aparecieron después, y hay quienes dicen que fueron inventadas por las gárgolas para que guardaran sus recuerdos, para que los grabaran cuidadosamente en sus entrañas y los transmitieran a sus hijas y a las hijas de sus hijas.

En efecto, las memorias que las primeras rapadas dibujaron en los cuerpos de sus niñas incluían ya a las gárgolas, mientras que los textos de los primeros ancianos, mucho más remotos e imperfectos, las desconocen por completo.

5

Hay una niña en Beliston por la que combaten las mujeres anfibias. Su padre quiere casarla con un agricultor. Las mujeres dan una pelea sin tregua: todos los días se reúnen y piden a los descendientes que protejan el alma de la chica. Y luego van y detienen al padre por la mañana, cuando vuelve de arrear los animales, o por la tarde, cuando carga leños desde el bosque, y le ruegan que libere a la niña, que termine ya con el castigo, que la deje llevar una vida, en fin, como los antiguos mandan.

La chiquita no tiene dientes y en cambio tiene un par de ojos enormes que parecen a punto de caer, tan torcidos y separados que le llegan casi detrás de las orejas. Ojos saltones, desprovistos de vivacidad. Secos como estambres, como si hubieran sido lavados con algún líquido astringente.

Los ojos tienen de todas maneras un brillo intenso, casi húmedo –aunque ese brillo no tiene que ver con la presencia o la ausencia de humedad: es un puro efecto de la luz– que se pone más intenso en cada arranque de ira, una ira virginal, sin causa y sin remedio.

Alrededor de los ojos, la piel dura y rugosa recubre una cabeza oval, un óvalo perfecto del color del maíz, cabello extremadamente fino, una pelusa inconsistente.

Las mujeres –que han visto o imaginado a la chiquilla a través del tragaluz de su cabaña– le ofrendan sandalias rojas cada madrugada. Se las dejan en la puerta de la casa, bajo el umbral de su padre, quien cada madrugada, no bien despunta el sol, las recoge con paciencia y las quema en un horno a leña especialmente diseñado para las purificaciones. Con infinito cuidado las desarma pieza por pieza, tira por tira, y las arroja al centro del fuego. Inclusive en el final del verano, el amoroso padre enciende el único horno a leña de toda Beliston, el horno redundante, para quemar hasta volver cenizas las sandalias ofrendadas a su niña.

¿No comprenden, dice el padre, que mi niña tiene ojos violetas y no rojos? ¿No advierten, dice el padre, que mi niña no se parece en nada a ustedes, perras locas flacas rasposas desorientadas? ¿No comprenden que mi niña es una niña y que con sus ojos violeta y esas sandalias sería capaz de ver el infinito?

Pero claro: quién es capaz de percibir la frontera exacta entre el rojo y el violeta.

A la niña no le gusta jugar con arcilla ni con las pequeñas piezas de madera que su padre ha venido tallando laboriosamente para ella desde el mismo día en que nació, desde ese día en que la niña era más niña que nunca, si algo así fuera posible. Tampoco quema incienso por las noches en la cabaña gris donde la esconde su padre para que no la encuentren las mujeres rapadas ni el joven novio agricultor, cuya prometida niña pasa encerrada noche y día, los cálidos amaneceres y las heladas tardes de Beliston, mirando el techo, el tragaluz.

La niña pasa sus días y sus noches observando el cielo alabastrino a través de un ventiluz que tiene el tamaño de un almohadón de plumas. Vive en la opacidad y en el silencio, que cuando no es silencio, es un murmullo sordo y sostenido. La niña vive encerrada en una habitación desnuda, con paredes irritadas por la edad. Y si bien detesta aquel encierro, evita pensar en eso. En cambio, se dedica a entrenar sus ojos, a prepararlos para el día en el que al fin vengan a rescatarla.

9 comentarios:

Beatriz dijo...

Uhhh! Qué textos tan extraños. Intranquilizadoramente bellos.

gabrielBugarin dijo...

¡Hasta el escritor más loco y zarpado filtra sus comments en su blogs!
¿Es miedo?
¿Es ego?
¿Cual es la idea de tener los comments filtrados?
¿No se supone que es eso lo divertido, que cualquiera pueda expresarse?
¿En definitiva: cuántos son los que insultan infantilmente?
¿No confiás en que los lectores se salteen los insultos baratos?
¿No le resta cierta autenticidad al blog?
¿Es FASCISmo?, esperar a que tu comment aparezca (o no) en dos o tres días; regular el intercambio de informacion.
He comprobado que aunque no sean insultos si no son comments del tipo...¡eres lo mejor! es muy poco probable que aparezcan.
Brindo por mis comments perdidos en la nada.

Marcelo Díaz dijo...

Gabriel, no tengo idea de qué estás hablando. No filtro los comentarios. Si llegara a haber un insulto, me lo banco, si hiriese a otra persona, lo borro. De hecho, acabo de ver tu comentario igual que el resto de los lectores del blog.

Marcelo Díaz dijo...

Gabrielito, acabo de ver que hiciste una especie de tour promocional por una pila de blogs dejando el mismo comentario; blogs, por otra parte, que no filtran sus comentarios, y que recibieron el tuyo automáticamente. Si tenías ganas de que visitemos tus blogs, con dejar el link hubiera alcanzado, en vez de la paranoic tour que emprendiste. Paz y amor para ti en esta navidad, y hacete tratar, hermano.

gabrielBugarin dijo...

Me trato me trato,
marcelini,
no me refería tu blog, que no filtra y eso es genial,
hay otros que si lo hacen y..
que opinamos de eso? (a eso apuntaba), ya ni importa


paz y amor para vos tambien.

Carla dijo...

Marcelo, gracias por dejar este fragmento! De donde sacas estas cosas? No tendras vista ultravioleta en las librerias? Un abrazo! Feliz año si no lo has comenzado aun! Carla (del taller)

Marcelo Díaz dijo...

No, no tengo vista ultravioleta. Tuve la suerte de que Flavia me mandara unos fragmentos, y ahora espero el libro! Feliz año para vos, Carla.

Efra Páez dijo...

Hola Marcelo: bacan recibir este blog. muy buen material (me encantó la versión de Mano Negra)no se si te acuerdas, pero nos conocimos hace tres años en un encuentro de literaturra de dudosa calidad en Quito...saludos y ya le voy a enganchar este link a mi blog (que es gamberradas y no de lite) para seguirlo más fácilmente.

Fernando Escobar Páez

Marcelo Díaz dijo...

Sí, Fernando, cómo no me voy a acordar de esas jornadas quiteñas! Me acuerdo de haber estado en la Alianza Francesa y luego haber ido a cenar en masa. Me acuerdo de que a todas las comidas le ponen banana (algo que me costó aceptar). Y me acuerdo mucho de todos ustedes. Me dare una vuelta por tu blog. Abrazo.